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EL ÚLTIMO ADIÓS

mayo 18, 2008

Eras uno de los jóvenes talentos más prometedores de nuestro país. Solamente comparable con el mítico rey Midas, convertías en oro todo lo que tocabas. Siempre supe de ti y tus hazañas. Siempre te admiré. Por cosas de la vida, te conocí muy tarde.

Mentiría si digo que fui uno de tus mejores amigos. De hecho, ni siquiera tuve chance de formar parte de tu círculo más cercano y recurrente. Muchos factores influyeron. Eso no importa ahora. Ese pequeño detalle no impidió en lo absoluto que te tomara un cariño inmenso y que hoy llore tu partida como el que más.

Aún me cuesta asumir que te fuiste para no volver. A pesar de que sé (pues lo viví en carne propia) que a todos nos llega el momento, que nuestro destino de vida está escrito con lujo de detalles, y que todo camina en orden divino.

Si algo te caracterizaba era la manera tan natural con que iluminabas cada sitio que pisabas. Tu sonrisa avasallante, tu perfecto sentido del humor, tu picardía, tu arte, tu genio, tu entrega total e incondicional a él, tu eterna capacidad y disposición de servicio y tus abrazos de oso eran sencillamente únicos, irrepetibles, contagiosos, «revive muertos».

Así es como te recordaré: como un muchacho siempre enérgico, inquieto, lleno de vida, dinámico, cariñoso. Como el Rolando que una de las últimas veces que hablamos me bautizó oficialmente como su guía telefónica personal. Como el Rolando que aun no viéndome ni hablándome todos los días, me escogió como uno de los «top friends» de su profile de Facebook.

Hoy lamento no haberte acompañado en tu última fiesta de cumpleaños, aunque me lo pediste en más de una ocasión. Hoy lamento no haberme enterado antes de todo aquello por lo que pasaste. Hoy lamento no haberte visitado mientras estabas ingresado en el centro médico (aunque, por otro lado, reconozco que me resistía a la idea de verte en otras condiciones que no fueran las que siempre te adornaron). Hoy lamento no haber podido compartir más tiempo de calidad juntos.

A través de estas líneas -que no sé si podrás leer en algún momento-, quiero que sepas que en mí tienes a un amigo dondequiera que estés; que nunca olvidaré aquel día en que «me rellenaste como un quipe» cuando te dije que a veces no te saludaba por timidez, algo muy común en mí, y que mucha gente tiende a confundir con prepotencia. Mucho menos aquella oportunidad en la que mientras participábamos en una rueda de prensa -de no me acuerdo qué- en el bar del Teatro Nacional, me secuestraste en silencio junto a Laura García Godoy para llevarnos hasta la sala Eduardo Brito y mostrarnos en primicia y con evidente entusiasmo lo que estabas preparando para el montaje de «El beso de la mujer araña».

Fuiste grande. Lo seguirás siendo. Con el más alto y sincero sentimiento de estima, te doy el último adiós de la mejor manera posible: deseándote el descanso y la gloria que sólo un ser humano de tu estirpe merece. Rest In Peace, Rolandillo Giubilei.